Lo que creemos
Nuestra fe está fundamentada en la Palabra de Dios y en la verdad del evangelio de Jesucristo.
Creemos en...
Enseñamos que la Biblia es la revelación escrita de Dios al hombre y, por lo tanto, los sesenta y seis libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, dados por inspiración del Espíritu Santo, constituyen la Palabra de Dios. Es decir, enseñamos la inspiración verbal plenaria de las Escrituras, que cada palabra es igualmente inspirada por Dios en todas sus partes (1 Corintios 2:7–14; 2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20-21).
Enseñamos que la Palabra de Dios es una revelación objetiva y proposicional (1 Tesalonicenses 2:13; 1 Corintios 2:13), infalible (Juan 10:35) y absolutamente inerrante en los documentos originales, estando libre de toda falsedad, fraude o engaño (Salmo 12:6; 119:160; Proverbios 30:5). Enseñamos que la Biblia constituye la única regla infalible de fe y práctica, y que es verdadera y fiable en todos los asuntos que aborda (Mateo 5:18; 24:35; Juan 10:35; 16:12–13; 17:17; 1 Corintios 2:13; 2 Timoteo 3:15–17; Hebreos 4:12; 2 Pedro 1:20–21).
Enseñamos que Dios habló en su Palabra escrita mediante un proceso de doble autoría. El Espíritu Santo superintendió de tal manera a los autores humanos que, a través de sus personalidades individuales y diferentes estilos de escritura, estos compusieron y registraron la Palabra de Dios para el hombre (2 Pedro 1:20–21) sin error en el todo ni en la parte (Mateo 5:18; 2 Timoteo 3:16).
Enseñamos la interpretación literal, gramatical e histórica de las Escrituras, la cual afirma que, si bien puede haber varias aplicaciones de cualquier pasaje dado de las Escrituras, solo hay una interpretación verdadera. El significado de las Escrituras se encuentra al aplicar este método interpretativo de manera diligente y consistente con la ayuda de la iluminación del Espíritu Santo (Juan 7:17; 16:12–15; 1 Corintios 2:7–15; 1 Juan 2:20). Es responsabilidad de los creyentes determinar cuidadosamente la verdadera intención y el significado de las Escrituras, reconociendo que su aplicación adecuada es vinculante para todas las generaciones. Sin embargo, la verdad de las Escrituras juzga a los hombres; nunca los hombres la juzgan a ella.
Enseñamos que la interpretación literal, gramatical e histórica lleva a la afirmación de que Dios creó el mundo en seis días literales de veinticuatro horas (Génesis 1:1–2:3; Éxodo 20:11; 31:17), que Él creó especialmente al hombre y a la mujer (Génesis 1:26–28; 2:5–25), y que Él definió el matrimonio como un pacto de por vida entre un hombre y una mujer (Génesis 2:24; Mateo 19:5; cf. Malaquías 2:14). La Escritura establece en otros pasajes que cualquier actividad sexual fuera del matrimonio es una abominación ante el Señor (Éxodo 20:14; Levítico 18:1–30; Mateo 5:27–32; 19:1–9; 1 Corintios 5:15; 6:910; 1 Tesalonicenses 4:17).
Enseñamos que solo hay un Dios vivo y verdadero (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5–7; 1 Corintios 8:4), eterno (Apocalipsis 1:8), infinito (Job 11:7–10), Espíritu absoluto (Juan 4:24), sin partes (Éxodo 3:14; 1 Juan 1:5; 4:8), perfecto en todos sus atributos, incluyendo la incomprensibilidad (Romanos 11:33), la omnisciencia (1 Juan 3:20), la omnipotencia (Génesis 18:14), omnipresencia (Salmo 139:7–10), inmutabilidad (Malaquías 3:6) y aseidad (Éxodo 3:14; Juan 5:26).
Enseñamos que solo hay un Dios vivo y verdadero (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5–7; 1 Corintios 8:4), eterno (Apocalipsis 1:8), infinito (Job 11:7–10), Espíritu absoluto (Juan 4:24), sin partes (Éxodo 3:14; 1 Juan 1:5; 4:8), perfecto en todos sus atributos, incluyendo la incomprensibilidad (Romanos 11:33), la omnisciencia (1 Juan 3:20), la omnipotencia (Génesis 18:14), omnipresencia (Salmo 139:7–10), inmutabilidad (Malaquías 3:6) y aseidad (Éxodo 3:14; Juan 5:26). Enseñamos que este Dios es uno en esencia (teniendo una sola mente, una sola voluntad y un solo poder), existiendo eternamente en tres Personas coiguales y consustanciales: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14)—cada una de ellas no creada y distinta, y cada una igualmente digna de adoración y obediencia. Por lo tanto, enseñamos que el Padre no procede de nadie, ni es engendrado ni procede (Juan 5:26); el Hijo es engendrado eternamente por el Padre (Juan 1:14; 1:18; 3:16; 5:26; cf. Salmo 2:7); y el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo (Juan 15:26).
Enseñamos que Dios el Padre, la primera Persona de la Trinidad, ordena y dispone todas las cosas según su propio propósito y gracia (Salmo 145:8–9; 1 Corintios 8:6). Él es el Creador de todas las cosas (Génesis 1:1–31; Efesios 3:9). Él es soberano en la creación, la providencia y la redención (Salmo 103:19; Romanos 11:36). Su paternidad implica tanto su designación dentro de la Trinidad como su relación con la humanidad. Como Creador, Él es Padre de todos los hombres (Efesios 4:6), pero es Padre espiritual solo de los creyentes (Romanos 8:14; 2 Corintios 6:18). Él ha decretado para su propia gloria todas las cosas que suceden (Efesios 1:11). Él sostiene, dirige y gobierna continuamente a todas las criaturas y acontecimientos (1 Crónicas 29:11). En su soberanía, no es ni autor ni aprobador del pecado (Habacuc 1:13; Juan 8:38–47), ni restringe la responsabilidad de las criaturas morales e inteligentes (1 Pedro 1:17). Desde la eternidad pasada, ha elegido misericordiosamente a aquellos a quienes salvaría para que fueran su propio pueblo (Efesios 1:4–6); salva del pecado a todos los que acuden a Él mediante la fe en Jesucristo; adopta como suyos a todos los que acuden a Él y, de ese modo, se convierte en Padre para ellos (Juan 1:12; Romanos 8:15; Gálatas 4:5; Hebreos 12:5–9).
Enseñamos que Jesucristo, la segunda Persona de la Trinidad, es Dios eterno, coigual, consustancial y coeterno con el Padre, poseedor de todas las perfecciones divinas (Juan 1:1; 10:30; 14:9). Enseñamos que toda la creación vino a ser por medio del Hijo eterno (Juan 1:3; 1 corintios 8:6; Colosenses 1:16; Hebreos 1:2) y que actualmente es sostenida por Él (Colosenses 1:17; Hebreos 1:3). Enseñamos que, en la encarnación, el Hijo eterno, la segunda Persona de la Trinidad, sin alterar su naturaleza divina ni renunciar a ninguno de los atributos divinos, se despojó de su gloria al asumir una naturaleza humana plena, consustancial a la nuestra, pero sin pecado (Filipenses 2:5–8; Hebreos 4:15; 7:26).
Enseñamos que fue concebido por el Espíritu Santo en el seno de la virgen María (Lucas 1:35) y así nació de mujer (Gálatas 4:4–5), de modo que dos naturalezas completas, perfectas y distintas, la divina y la humana, se unieron en una sola persona, sin confusión, cambio, división ni separación. Por lo tanto, Él es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, pero un solo Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres.
Enseñamos que, en su encarnación, Cristo poseía plenamente su naturaleza, atributos y prerrogativas divinas (Colosenses 2:9; cf. Lucas 5:18–26; Juan 16:30; 20:28). Sin embargo, en el estado de su humillación, no siempre expresó plenamente las glorias de su majestad, ocultándolas tras el velo de su genuina humanidad (Mateo 17:2; Marcos 13:32; Filipenses 2:5–8). Según su naturaleza humana, actúa en sumisión al Padre (Juan 4:34; 5:19, 30; 6:38) por el poder del Espíritu Santo (Isaías 42:1; Mateo 12:28; Lucas 4:1, 14), mientras que, según su naturaleza divina, actúa por su autoridad y poder como el Hijo eterno (Juan 1:14; cf. 2:11; 10:37–38; 14:10–11).
Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo llevó a cabo la redención de su pueblo mediante el derramamiento de su sangre y su muerte sacrificial en la cruz. Enseñamos que su muerte fue voluntaria, vicaria, sustitutiva, propiciatoria y redentora (Isaías 53:3–6; Juan 10:15, 18; Romanos 3:24–25; 5:8; 1 Pedro 2:24).
Enseñamos que, sobre la base de la eficacia de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, el pecador creyente es liberado del castigo, la pena, el poder y, algún día, de la presencia misma del pecado; y que es declarado justo, recibe la vida eterna y es adoptado en la familia de Dios (Romanos 3:25; 5:8–9; 2 Corintios 5:14–15; 1 Pedro 2:24; 3:18).
Enseñamos que nuestra justificación se asegura por Su resurrección literal y física de entre los muertos y que Él ha ascendido ahora a la diestra del Padre, donde intercede como nuestro Abogado y Sumo Sacerdote (Mateo 28:6; Lucas 24:38–39; Hechos 2:30–31; Romanos 8:34; 1 Corintios 15:12–23; Hebreos 7:25; 9:24; 1 Juan 2:1). Enseñamos que, en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, Dios confirmó la deidad de su Hijo y dio prueba de que Dios ha aceptado la obra expiatoria de Cristo en la cruz. La resurrección corporal de Jesús es también la garantía de una vida futura de resurrección para todos los creyentes (Juan 5:26–29; 14:19; Romanos 1:4; 4:25; 6:5–10; 1 Corintios 15:20, 23).
Enseñamos que Jesucristo regresará para recibir a la iglesia, que es su Cuerpo, en el rapto, y que, al regresar con su iglesia en gloria, establecerá su reino milenario en la tierra (Hechos 1:9–11; 1 Tesalonicenses 4:13–18; Apocalipsis 20).
Enseñamos que el Señor Jesucristo es Aquel por medio del cual Dios juzgará a toda la humanidad (Juan 5:22–23): a los creyentes (1 Corintios 3:10–15; 2 Corintios 5:10); a los habitantes vivos de la tierra en su glorioso regreso (Mateo 25:31–46); y a los muertos incrédulos ante el Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11–15). Como Mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5), Cabeza de su Cuerpo, la iglesia (Efesios 1:22; 5:23; Colosenses 1:18), y el futuro Rey universal, que reinará en el trono de David (Isaías 9:6; Lucas 1:31–33), Él es el Juez final de todos los que no ponen su confianza en Él como Señor y Salvador (Mateo 25:14–46; Hechos 17:30–31).
Enseñamos que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, es Dios eterno, coigual, consustancial y coeterno con el Padre y el Hijo (Mateo 28:19; Hechos 5:3–4; 1 Corintios 12:4–6; 2 Corintios 13:14), y que posee todas las perfecciones divinas, incluyendo la eternidad (Hebreos 9:14), la omnipresencia (Salmo 139:7–10), la omnisciencia (Isaías 40:13–14), la omnipotencia (Romanos 15:13) y la verdad (Juan 16:13).
Enseñamos que el Espíritu Santo no es meramente una fuerza o un poder, sino una persona divina distinta que piensa (1 Corintios 2:10–13), quiere (1 Corintios 12:11), habla (Hechos 28:25–26) y puede entristecido (Efesios 4:30). Enseñamos que la obra del Espíritu Santo consiste en ejecutar la voluntad divina en relación con toda la humanidad. Reconocemos su actividad soberana en la creación (Génesis 1:2), la encarnación (Mateo 1:18), la revelación escrita (2 Pedro 1:20–21) y la obra de la salvación (Juan 3:5–7).
Enseñamos que el hombre fue creado directa e inmediatamente por Dios (Génesis 2:7) a su imagen y semejanza (Génesis 1:26–28; 5:1; Santiago 3:9), libre de pecado (Génesis 1:31) y dotado de una naturaleza racional, inteligencia, voluntad y responsabilidad moral ante Dios (Génesis 2:15–25).
Enseñamos que la humanidad fue creada por Dios como hombre o mujer, sexos distintos que están definidos biológicamente y que son impartidos divinamente a cada individuo en el momento de la concepción (Génesis 1:27; 2:5–23; Job 3:3; Salmo 139:13–14; 1 Corintios 11:3–15). Intentar confundir los dos sexos es una abominación para Dios (Levítico 18:22; Deuteronomio 22:5; Romanos 1:26–27; 1 Corintios 6:9 10).
Enseñamos que la intención de Dios al crear al hombre era que este glorificara a Dios, disfrutara de su comunión, viviera su vida de acuerdo con la voluntad de Dios y, de este modo, cumpliera el propósito de Dios para el hombre en el mundo (Isaías 43:7; 1 Corintios 10:31; Colosenses 1:16; Apocalipsis 4:11).
Enseñamos que, en el pecado de desobediencia de Adán a la voluntad revelada y a la Palabra de Dios, el hombre perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte espiritual y física, quedó sujeto a la ira de Dios y se volvió inherentemente corrupto y totalmente incapaz de elegir o hacer lo que es aceptable a Dios sin la gracia divina. Sin poderes de recuperación que le permitan recuperarse a sí mismo, el hombre está irremediablemente perdido. La salvación del hombre es, por lo tanto, totalmente por la gracia de Dios a través de la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo (Génesis 2:16–17; 3:1–19; Juan 3:36; Romanos 3:23; 6:23; 1 Corintios 2:14; Efesios 2:1–3; 1 Timoteo 2:13–14; 1 Juan 1:8).
Enseñamos que, dado que todos los hombres estaban en Adán —unidos a él como representante de la humanidad —, la culpa del pecado fue imputada y una naturaleza corrupta fue transmitida a todos los hombres de todas las épocas, siendo Jesucristo la única excepción (Romanos 5:12, 18–19; 8:3; 1 Corintios 15:22; 2 Corintios 5:21). Todos los hombres son, por tanto, pecadores por naturaleza, por elección y por declaración divina (Salmo 14:1–3; Jeremías 17:9; Romanos 3:9–18, 23; 5:10–12)
Enseñamos que la elección es el acto soberano de Dios por el cual, antes de la fundación del mundo, Él escogió incondicionalmente en Cristo a todos aquellos a quienes Él regeneraría, salvaría y santificaría por gracia (Romanos 8:28–30; 9:11–16; Efesios 1:4–11; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 2:10; 1 Pedro 1:1–2).
Enseñamos que la elección soberana no contradice ni niega la responsabilidad del hombre de arrepentirse y confiar en Cristo como Salvador y Señor (Ezequiel 18:23, 32; 33:11; Juan 3:18–19, 36; 5:40; Romanos 9:19–23; 2 Tesalonicenses 2:10–12; Apocalipsis 22:17). No obstante, dado que la gracia soberana incluye tanto los medios para recibir el don de la salvación como el don en sí mismo, la elección soberana dará lugar a lo que Dios determina. A todos los que el Padre ha elegido, los llamará eficazmente a sí mismo. Todos los que el Padre llama eficazmente a sí mismo vendrán con fe. Y a todos los que vengan con fe, el Padre los recibirá (Juan 6:37–40, 44; Hechos 13:48; Romanos 8:30).
Enseñamos que la elección de Dios de los pecadores totalmente depravados es incondicional, basada únicamente en la libertad soberana de la propia voluntad de Dios. La elección es una expresión del favor inmerecido de Dios y no está relacionada con ninguna iniciativa por parte del pecador. No se basa en la anticipación de Dios de lo que los pecadores podrían hacer por su propia voluntad, ni siquiera en respuesta a su fe prevista. Más bien, la elección es únicamente fruto de su gracia y misericordia soberanas (Romanos 9:11, 16; Efesios 1:4–7; Tito 3:4–7; 1 Pedro 1:2).
Enseñamos que la elección no debe considerarse meramente como una soberanía abstracta. Dios es verdaderamente soberano, pero ejerce esta soberanía en armonía con sus otros atributos, especialmente su omnisciencia, justicia, santidad, sabiduría, gracia y amor (Romanos 9:11–16). Esta soberanía siempre exaltará la voluntad de Dios de una manera totalmente coherente con su carácter, tal y como se revela en la vida de nuestro Señor Jesucristo (Mateo 11:25–28; 2 Timoteo 1:9).
Enseñamos que el Señor Jesús, por su perfecta obediencia y el sacrificio de sí mismo, que ofreció a Dios por medio del Espíritu eterno (Hebreos 9:14; 10:14), ha satisfecho plenamente la justicia de Dios (Hebreos 2:17; 1 Juan 4:10), ha propiciado la ira de Dios (Romanos 3:25–26; cf. 1:18), ha procurado la reconciliación (Romanos 5:10) y ha adquirido una herencia eterna en el reino de los cielos (Hebreos 9:15), para todos aquellos que el Padre le ha dado (Juan 6:39; 10:14–15, 28–29; 17:2, 9, 24).
Enseñamos que la salvación es totalmente obra de Dios por gracia, basada en la redención de Jesucristo —los méritos tanto de su vida de justicia perfecta como de su sangre expiatoria— y no sobre la base de los méritos o las obras humanas (Juan 1:12; Romanos 5:18–19; Efesios 1:7; 2:8–10; 1 Pedro 1:18–19)
Enseñamos que la regeneración es una obra sobrenatural del Espíritu Santo por la cual se otorgan una naturaleza renovada y una vida espiritual (Juan 3:3–7; 2 Corintios 5:17; Tito 3:5). Es instantánea y se lleva a cabo únicamente por el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios (Juan 5:24; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23). Como resultado de esta iluminación divina (2 Corintios 4:6), el pecador arrepentido, así capacitado por el Espíritu Santo, responde con fe en Cristo (1 Juan 5:1).
Enseñamos que la justificación ante Dios es el acto de Dios (Romanos 8:33) en el que Él declara justos a aquellos que, por Su gracia irresistible, se arrepienten de sus pecados (Lucas 13:3; Hechos 2:38; 3:19; 11:18; Romanos 2:4; 2 Corintios 7:10; cf. Isaías 55:6–7), se vuelven a Cristo con fe (Hechos 16:31; 20:21; Romanos 1:16; 3:22, 26; Gálatas 3:22) y lo confiesan como Señor soberano (Romanos 10:9–10; 1 Corintios 12:3; 2 Corintios 4:5; Filipenses 2:11).
Enseñamos que la justicia de la justificación no se infunde en el creyente, ni se alcanza por ninguna virtud u obra del hombre (Romanos 3:20; 4:4–6), sino que es la declaración legal de estar en paz con Dios (Deuteronomio 25:1; Romanos 8:1, 33–34).
Enseñamos que la justificación consiste en la imputación de nuestros pecados a Cristo (Colosenses 2:14; 1 Pedro 2:24) y la imputación de la justicia de Cristo a nosotros (1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21; cf. Romanos 5:18–19), solo por la fe, independientemente de las obras (Romanos 3:28; 4:4–5; 5:1; Gálatas 2:16; 3:11, 24). De este modo, Dios es «justo y justificador de quien tiene fe en Jesús» (Romanos 3:26).
Enseñamos que todo creyente es santificado (apartado) para Dios en el momento de la conversión, declarado santo y, por lo tanto, identificado como santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no debe confundirse con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que ver con la posición del creyente, no con su caminar o condición actual (Hechos 20:32; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 2:11; 3:1; 10:10, 14; 13:12; 1 Pedro 1:2).
Enseñamos que también existe, por la obra del Espíritu Santo, una santificación progresiva mediante la cual el estado del creyente se va ajustando cada vez más a la posición de la que goza el creyente por medio de la justificación. Mediante la obediencia a la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo, el creyente es capaz de vivir una vida de creciente santidad conforme a la voluntad de Dios, volviéndose cada vez más semejante a nuestro Señor Jesucristo (Juan 17:17, 19; Romanos 6:1–22; 8:29; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3–4; 5:23). En este sentido, enseñamos que toda persona salva se encuentra inmersa en un conflicto diario —la nueva creación en Cristo luchando contra la carne— pero se ha provisto lo necesario para la victoria a través del poder del Espíritu Santo que mora en nosotros. No obstante, la lucha acompaña al creyente a lo largo de toda su vida terrenal y no termina por completo hasta que vea a Cristo cara a cara. Toda afirmación de la erradicación del pecado en esta vida carece de fundamento bíblico. La erradicación del pecado no es posible, pero el Espíritu Santo sí proporciona la victoria sobre el pecado (Gálatas 5:16–25; Efesios 4:22 24; Filipenses 3:12; Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16; 1 Juan 3:2–9).
Enseñamos que todo creyente es santificado (apartado) para Dios en el momento de la conversión, declarado santo y, por lo tanto, identificado como santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no debe confundirse con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que ver con la posición del creyente, no con su caminar o condición actual (Hechos 20:32; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 2:11; 3:1; 10:10, 14; 13:12; 1 Pedro 1:2).
Enseñamos que también existe, por la obra del Espíritu Santo, una santificación progresiva mediante la cual el estado del creyente se va ajustando cada vez más a la posición de la que goza el creyente por medio de la justificación. Mediante la obediencia a la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo, el creyente es capaz de vivir una vida de creciente santidad conforme a la voluntad de Dios, volviéndose cada vez más semejante a nuestro Señor Jesucristo (Juan 17:17, 19; Romanos 6:1–22; 8:29; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3–4; 5:23). En este sentido, enseñamos que toda persona salva se encuentra inmersa en un conflicto diario —la nueva creación en Cristo luchando contra la carne— pero se ha provisto lo necesario para la victoria a través del poder del Espíritu Santo que mora en nosotros. No obstante, la lucha acompaña al creyente a lo largo de toda su vida terrenal y no termina por completo hasta que vea a Cristo cara a cara. Toda afirmación de la erradicación del pecado en esta vida carece de fundamento bíblico. La erradicación del pecado no es posible, pero el Espíritu Santo sí proporciona la victoria sobre el pecado (Gálatas 5:16–25; Efesios 4:22 24; Filipenses 3:12; Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16; 1 Juan 3:2–9).
Enseñamos que la separación del pecado se exige claramente a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, y que las Escrituras indican claramente que en los últimos días aumentarán la apostasía y la mundanalidad (2 Corintios 6:14–7:1; 2 Timoteo 3:1–5).
Enseñamos que, por profunda gratitud hacia la gracia inmerecida que Dios nos ha concedido, y porque nuestro glorioso Dios es tan digno de nuestra consagración total, todos los salvos deben vivir de tal manera que demuestren su amor adorador a Dios, sin traer reproche sobre nuestro Señor y Salvador.
También enseñamos que Dios nos manda apartarnos de toda apostasía religiosa y de las prácticas mundanas y pecaminosas (Romanos 12:1–2, 1 Corintios 5:9–13; 2 Corintios 6:14–7:1; 1 Juan 2:15–17; 2 Juan 9–11).
Enseñamos que los creyentes deben estar separados para nuestro Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:11–12; Hebreos 12:1–2) y afirmamos que la vida cristiana es una vida de justicia obediente que refleja la enseñanza de las Bienaventuranzas (Mateo 5:2–12) y una búsqueda continua de la santidad (Romanos 12:1–2; 2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14; Tito 2:11–14; 1 Juan 3:1–10).
Enseñamos que todos los que ponen su fe en Jesucristo son inmediatamente incorporados por el Espíritu Santo a un solo Cuerpo espiritual unido, la iglesia (1 Corintios 12:12–13), la novia de Cristo (2 Corintios 11:2; Efesios 5:23–32; Apocalipsis 19:7–8), de la cual Cristo es la Cabeza (Efesios 1:22; 4:15; Colosenses 1:18).
Enseñamos que la formación de la iglesia, el Cuerpo de Cristo, comenzó el día de Pentecostés (Hechos 2:1–21, 38–47) y se completará con la venida de Cristo por los suyos en el rapto (1 Corintios 15:51–52; 1 Tesalonicenses 4:13–18).
Enseñamos que la iglesia es, por lo tanto, un organismo espiritual único diseñado por Cristo, compuesto por todas las personas regeneradas (es decir, los creyentes) en esta era presente (Efesios 2:11–3:6). La iglesia es distinta de Israel (1 Corintios 10:32), un misterio no revelado hasta esta era (Efesios 3:1–6; 5:32).
Enseñamos que el establecimiento y la continuidad de las iglesias locales se enseñan y definen claramente en las Escrituras del Nuevo Testamento (Hechos 14:23, 27; 20:17, 28; Gálatas 1:2; Filipenses 1:1; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1) y que los miembros del único Cuerpo espiritual están llamados a reunirse en asambleas locales (1 Corintios 11:18–20; Hebreos 10:25).
Enseñamos que la única autoridad suprema de la iglesia es Cristo (1 Corintios 11:3; Efesios 1:22; Colosenses 1:18) y que el liderazgo, los dones, el orden, la disciplina y la adoración de la iglesia son todos designados por Su soberanía, tal y como se encuentra en las Escrituras. Los oficiales designados bíblicamente que sirven bajo Cristo y sobre la asamblea son los ancianos (también llamados supervisores y pastores, Hechos 20:28; Efesios 4:11) y los diáconos, quienes deben cumplir con los requisitos bíblicos (1 Timoteo 3:1–13; Tito 1:5–9; 1 Pedro 5:1–5).
Enseñamos que el cuerpo de ancianos de una congregación local está compuesto por hombres espiritualmente cualificados que dirigen o gobiernan como siervos de Cristo (1 Timoteo 2:11–12; 5:17-22) y tienen Su autoridad para dirigir la iglesia. La congregación debe someterse a su liderazgo (Hebreos 13:7, 17).
Enseñamos la importancia del discipulado (Mateo 28:19–20; 2 Timoteo 2:2), la responsabilidad mutua de todos los creyentes (Mateo 18:5–14), así como la necesidad de disciplinar a los miembros de la congregación que pecan de acuerdo con las normas de las Escrituras (Mateo 18:15–22; Hechos 5:1–11; 1 Corintios 5:1–13; 2 Tesalonicenses 3:6–15; 1 Timoteo 1:19–20; Tito 1:10–16).
Enseñamos la autonomía de la iglesia local, libre de cualquier autoridad o control externo, con derecho al autogobierno y libre de la interferencia de cualquier jerarquía de individuos u organizaciones (Tito 1:5).
Enseñamos que es bíblico que las verdaderas iglesias cooperen entre sí para la presentación y propagación de la fe. Sin embargo, cada iglesia local, a través de sus ancianos y de su interpretación y aplicación de las Escrituras, debe ser la única que juzgue el alcance y el método de su cooperación. Los ancianos deben determinar todos los demás asuntos relacionados con la membresía, la política, la disciplina, la beneficencia y el gobierno (Hechos 15:19–31; 20:28; 1 Corintios 5:4–7, 13; 1 Pedro 5:1–4).
Enseñamos que el propósito de la iglesia es glorificar a Dios (Efesios 3:21) edificándose a sí misma en la fe (Efesios 4:13–16), mediante la instrucción de la Palabra (2 Timoteo 2:2, 15; 3:16–17), mediante comunión (Hechos 2:47; 1 Juan 1:3), mediante la observancia de los sacramentos (Lucas 22:19; Hechos 2:38–42) y mediante la difusión y la comunicación del evangelio a todo el mundo (Mateo 28:19; Hechos 1:8; 2:42).
Enseñamos el llamado de todos los santos a la obra de servicio (1 Corintios 15:58; Efesios 4:12; Apocalipsis 22:12).
Enseñamos la necesidad de que la iglesia cumpla la misión que Dios le ha encomendado, a medida que Dios lleva a cabo su propósito en el mundo. Con ese fin, Él da a la iglesia dones espirituales. Él da hombres elegidos con el propósito de equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:7–12), y también da habilidades espirituales únicas y especiales a cada miembro del Cuerpo de Cristo (Romanos 12:5–8; 1 Corintios 12:4–31; 1 Pedro 4:10–11).
Enseñamos que se concedieron dos tipos de dones a la iglesia primitiva: los dones milagrosos de revelación divina y sanación, concedidos temporalmente en la era apostólica con el propósito de confirmar la autenticidad del mensaje de los apóstoles (Hebreos 2:3–4; 2 Corintios 12:12); y los dones de ministerio, concedidos para equipar a los creyentes a fin de que se edifiquen unos a otros. Ahora que la revelación del Nuevo Testamento está completa, la Escritura se convierte en la única prueba de la autenticidad del mensaje de un hombre. Por lo tanto, los dones de confirmación de naturaleza milagrosa ya no son necesarios para validar a un hombre o su mensaje (1 Corintios 13:8–12). Los dones milagrosos pueden incluso ser falsificados por Satanás para engañar incluso a los creyentes (1 Corintios 13:13; 14:12; Apocalipsis 13:13–14). Los únicos dones en funcionamiento hoy en día son aquellos dones de equipamiento no revelatorios otorgados para la edificación (Romanos 12:6–8). Enseñamos que nadie posee el don de sanación hoy en día, pero que Dios sí escucha y responde a la oración de fe, y responderá de acuerdo con su propia voluntad perfecta para los enfermos, los que sufren y los afligidos (Lucas 18:1–6; Juan 5:7–9; 2 Corintios 12:6–10; Santiago 5:13–16; 1 Juan 5:14–15).
Ángeles Santos: Enseñamos que los ángeles son seres creados y, por lo tanto, no deben ser adorados. Aunque son un orden superior de la creación con respecto al hombre, han sido creados para servir a Dios y adorarlo (Lucas 2:9–14; Hebreos 1:6–7, 14; 2:6–7; Apocalipsis 5:11–14; 19:10; 22:9).
Ángeles caídos: Enseñamos que Satanás es un ángel creado que fue la causa eficiente del primer pecado. Incurrió en el juicio de Dios al rebelarse contra su Creador (Isaías 14:12–17; Ezequiel 28:11–19), al arrastrar consigo a numerosos ángeles en su caída (Mateo 25:41; Apocalipsis 12:1–14), y al introducir el pecado en la raza humana mediante su tentación a Adán y Eva (Génesis 3:1–15).
Enseñamos que Satanás es el enemigo abierto y declarado de Dios y del hombre (Isaías 14:13–14; Mateo 4:1–11; Apocalipsis 12:9–10); que es el príncipe de este mundo, quien ha sido derrotado mediante la muerte y resurrección de Jesucristo (Romanos 16:20); y que será castigado eternamente en el lago de fuego (Isaías 14:12–17; Ezequiel 28:11–19; Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10).
Enseñamos que se han encomendado dos ordenanzas a la iglesia local: el bautismo y la Cena del Señor (Hechos 2:38–42). El bautismo cristiano por inmersión (Hechos 8:36–39) es el testimonio solemne y hermoso de un creyente que manifiesta su fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, y su unión con Él en la muerte al pecado y la resurrección a una nueva vida (Romanos 6:1–11). Es también una señal de comunión e identificación con el Cuerpo visible de Cristo (Hechos 2:41–42).
Enseñamos que la Cena del Señor es la conmemoración y proclamación de su muerte hasta que Él venga, y debe ir siempre precedida de un solemne examen de conciencia (1 Corintios 11:28–32). También enseñamos que, si bien los elementos de la comunión son solo representativos de la carne y la sangre de Cristo, la participación en la Cena del Señor es, no obstante, una comunión real con el Cristo resucitado, quien mora en cada creyente y, por lo tanto, está presente, en comunión con su pueblo (1 Corintios 10:16).
Enseñamos que la muerte física no implica la pérdida de nuestra conciencia inmaterial (Apocalipsis 6:9-11), que el alma de los redimidos pasa inmediatamente a la presencia de Cristo (Lucas 23:43; Filipenses 1:23; 2 Corintios 5:8), que hay una separación entre el alma y el cuerpo (Filipenses 1:21–24), y que, para los que están en Cristo, dicha separación continuará hasta el rapto (1 Tesalonicenses 4:13–17), que da inicio a la primera resurrección (Apocalipsis 20:4–6), cuando nuestra alma y nuestro cuerpo se reunirán para ser glorificados para siempre con nuestro Señor (Filipenses 3:21; 1 Corintios 15:35–44, 50–54). Hasta ese momento, las almas de los redimidos en Cristo permanecen en alegre comunión con Él en el cielo intermedio (2 Corintios 5:8).
Enseñamos la resurrección corporal de todos los hombres: los salvos, a la vida eterna (Juan 6:39; Romanos 8:10-11, 19, 23; 2 Corintios 4:14), y los no salvos, al juicio y al castigo eterno (Daniel 12:2; Juan 5:29; Apocalipsis 20:13-15).
Enseñamos que las almas de los no salvos, al morir, son mantenidas bajo castigo en el infierno intermedio hasta la segunda resurrección (Lucas 16:19–26; Apocalipsis 20:13–15), cuando el alma y el cuerpo resucitado se unirán (Juan 5:28–29). Entonces comparecerán ante el Juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11–15) y serán arrojados al infierno eterno, el lago de fuego (Mateo 25:41–46; Apocalipsis 20:15), separados de la vida de Dios y soportando su ira para siempre (Daniel 12:2; Mateo 25:41–46; 2 Tesalonicenses 1:7–9).
Enseñamos la aparición personal y corporal de nuestro Señor Jesucristo antes de la tribulación de siete años (1 Tesalonicenses 4:16; Tito 2:13) para trasladar a su iglesia de esta tierra (Juan 14:1–3; 1 Corintios 15:51–53; 1 Tesalonicenses 4:15–5:11).
Enseñamos que, entre el rapto y su glorioso regreso a la tierra con sus santos, Él recompensará a los creyentes según sus obras (1 Corintios 3:11–15; 2 Corintios 5:10).
Enseñamos que, inmediatamente después de que la iglesia sea arrebatada de la tierra (Juan 14:1–3; 1 Tesalonicenses 4:13–18), los justos juicios de Dios se derramarán sobre un mundo incrédulo (Jeremías 30:7; Daniel 9:27; 12:1; 2 Tesalonicenses 2:7–12; Apocalipsis 16), y que estos juicios culminarán con el regreso de Cristo en gloria a la tierra (Mateo 24:27–31; 25:31–46; 2 Tesalonicenses 2:7–12). En ese momento, los santos del Antiguo Testamento y los santos de la tribulación resucitarán y los vivos serán juzgados (Daniel 12:2–3; Apocalipsis 20:4–6). Este período incluye la septuagésima semana de la profecía de Daniel (Daniel 9:24–27; Mateo 24:15–31; 25:31–46).
Enseñamos que, tras el período de la tribulación, Cristo vendrá a la tierra para ocupar el trono de David (Mateo 25:31; Lucas 1:31–33; Hechos 1:10–11; 2:29–30; cf. Apocalipsis 3:21) y establecerá Su reino mesiánico durante mil años en la tierra (Apocalipsis 20:1–7). Durante este tiempo, los santos resucitados reinarán con Él sobre Israel y todas las naciones de la tierra (Ezequiel 37:21–28; Daniel 7:17–22; Apocalipsis 19:11–16). Este reinado vendrá precedido por el derrocamiento del Anticristo y del Falso Profeta, y por la expulsión de Satanás del mundo (Daniel 7:17–27; Apocalipsis 20:1–7).
Enseñamos que el reino mismo será el cumplimiento de la promesa de Dios a Israel (Isaías 65:17–25; Ezequiel 37:21–28; Zacarías 8:1–17) de restaurarlos a la tierra que perdieron por su desobediencia (Deuteronomio 28:15–68). El resultado de su desobediencia fue que Israel fué temporalmente apartado (Mateo 21:43; Romanos 11:1–26), pero volverá a ser despertado mediante el arrepentimiento para entrar en la tierra de la bendición (Jeremías 31:31–34; Ezequiel 36:22–32; Romanos 11:25–29).
Enseñamos que este tiempo del reinado de nuestro Señor se caracterizará por la armonía, la justicia, la paz, la rectitud y la larga vida (Isaías 11; 65:17–25; Ezequiel 36:33–38; Zacarías 8:4), y que llegará a su fin con la liberación de Satanás (Apocalipsis 20:7).
Enseñamos que, tras la liberación de Satanás después del reinado milenario de Cristo (Apocalipsis 20:7), Satanás engañará a las naciones de la tierra y las reunirá para luchar contra los santos y la ciudad amada, momento en el que Satanás y su ejército serán devorados por el fuego del cielo (Apocalipsis 20:9). A continuación, Satanás será arrojado al lago de fuego y azufre (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10), tras lo cual Cristo, que es el Juez de todos los hombres (Juan 5:22), resucitará y juzgará a todos los incrédulos en el Juicio del Gran Trono Blanco.
Enseñamos que esta resurrección de los muertos no salvos para el juicio será una resurrección física y corporal (Juan 5:28–29), en la que serán condenados al castigo eterno y consciente en el lago de fuego (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:11–15).
Enseñamos que, tras el fin del milenio, la liberación temporal de Satanás y el juicio de los incrédulos (2 Tesalonicenses 1:9; Apocalipsis 20:7–15), los salvos entrarán en el estado eterno de gloria con Dios, tras lo cual los elementos de esta tierra serán disueltos (2 Pedro 3:10) y sustituidos por una nueva tierra en la que solo habite la justicia (Efesios 5:5; Apocalipsis 20:15; 21–22). A continuación, la ciudad celestial descenderá del cielo (Apocalipsis 21:2) y será la morada de los santos, donde disfrutarán para siempre de la comunión con Dios y entre ellos (Juan 17:3; Apocalipsis 21–22). Nuestro Señor Jesucristo, habiendo cumplido su misión redentora, entregará entonces el reino a Dios Padre (1 Corintios 15:24–28) para que en todas las esferas el Dios trino reine por los siglos de los siglos (1 Corintios 15:28).
